El miedo es una de las emociones más poderosas, porque es la preferida de nuestro cerebro, que está programado para sobrevivir. El miedo nos advierte de que puede haber peligro y actúa como un guardaespaldas, como una señal de alarma, que se dispara ante cualquier amenaza. La central de alarma del miedo reside en el sistema límbico, en una estructura de nuestro cerebro llamado amígdala (¡Y que no tiene nada que ver con las amígdalas de la garganta!). La amígdala está buscando constantemente señales de peligro. Cuando identifica una amenaza, dispara su señal de alarma y nuestro cuerpo se prepara para paralizarnos, huir o agredir para protegernos. Cuando sentimos miedo, actuamos de forma mucho más emocional ¡y mucho menos racional! Aunque el cerebro se encarga de buena parte de procesamiento y la coordinación de la respuesta al miedo, el cuerpo entero participa para crear una respuesta a esa emoción: el corazón se acelera, respiramos más deprisa, saludamos... El miedo genera estrés, que nos pone en guardia y puede ser útil para sobrevivir. Pero el miedo excesivo se convierte en ansiedad y eso nos daña. La ansiedad desgasta el sistema inmunológico, el sistema digestivo, el sistema cardiovascular y el rendimiento cognitivo de niños y adultos.
Los miedos más corrientes en la infancia son:
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Claves para ayudar a nuestros hijos a gestionar la tristeza
Junto a la alegría, la ira, el miedo, la sorpresa y el asco, la tristeza es una de las emociones básicas con las que nacemos y que nos ayudan a enfrentarnos a la vida. ¡Todas las emociones portan un mensaje! No debemos rechazar esta emoción, sino asumirla como parte de un dolor emocional que tenemos que superar e integrar en nuestra vida, para sanarse. Quiere motivarnos a encontrar una solución a una situación difícil: sentimientos de pérdida, vulnerabilidad, decepciones, rechazos, fracasos, pérdidas, duelos...En algunas familias no se permite estar triste, pero como es una emoción natural e incluso necesaria es importante enseñar al niño formas de gestionarla. Es normal sentirse triste de vez en cuando, pero si la tristeza dura tiempo (por ejemplo, más de dos semanas) podría tratarse de una depresión, y en ese caso, es urgente llevar al niño a un profesional que pueda descartar, o diagnosticar, una depresión o un problema médico. Hazlo también, con naturalidad, si el niño está sometido a una presión psicológica fuerte y piensas que le está costando adaptarse, como en el caso de una pérdida, un duelo, un cambio de circunstancias difícil...Un buen psicólogo puede darte claves útiles para gestionar situaciones complejas.
Cuando los niños aprenden a identificar y gestionar lo que les entristece, están desarrollando su inteligencia emocional.
El psicólogo John Gottman recomienda a los padres y maestros que vean en las emociones más difíciles, como la tristeza, una oportunidad para estrechar lazos con los más pequeños y reforzar una buena comunicación. Define a los adultos como entrenadores emocionales que ayudan al niño a encontrar palabras para expresar sus emociones, ¡pero sin decirle lo que debería sentir!
Cuando los niños aprenden a identificar y gestionar lo que les entristece, están desarrollando su inteligencia emocional.
El psicólogo John Gottman recomienda a los padres y maestros que vean en las emociones más difíciles, como la tristeza, una oportunidad para estrechar lazos con los más pequeños y reforzar una buena comunicación. Define a los adultos como entrenadores emocionales que ayudan al niño a encontrar palabras para expresar sus emociones, ¡pero sin decirle lo que debería sentir!
Claves para ayudar a nuestros hijos a mejorar la autoestima
Es muy importante trabajar la autoestima con nuestros hijos, puesto que es el sentimiento de valía personal que tienen ellos de sí mismos. Es como si el niño se pusiese nota de cómo se valora, cómo se quiere y cómo se acepta. ¡Los primeros años de su vida son fundamentales para sentar las bases de una autoestima sana!. Para consolidar la autoestima hay dos elementos claves: Que los hijos perciban que son queridos y aceptados por los demás, sobre todo, por sus padres, en los primeros años de vida; que se sientan competentes: hasta qué punto controlan y disfrutan haciendo cosas y resolviendo sus problemas por sí mismos. ¿Qué nota crees que se pondría tu hijo en estos dos ámbitos? ¿Se siente querido? ¿Se siente competente?. Cuando nos sentimos queridos y competentes, nos sentimos orgullosos.
Con una buena autoestima, el niño se enfrenta con más fuerza los retos que se le plantean, porque está convencido de que puede tener éxito o superar los fracasos. Con una mala autoestima y una visión negativa de sí mismo, el niño muestra poca iniciativa porque teme arriesgarse, se siente fácilmente desalentado y está secretamente convencido de que fracasará. ¡La actitud de los padres es importantísima! La gran mayoría de padres sienten un amor genuino por sus hijos, y los hijos necesitan sentir ese cariño y esa aceptación. Sin embargo, es relativamente corriente que padres y madres tengamos expectativas de cómo deberían ser nuestros hijos -sobre cómo quisiéramos que fuera su aspecto físico o qué talentos o temperamentos deseamos para él o ella. Si estas expectativas se ven frustradas, el hijo lo percibe, aunque no se lo digamos abiertamente y esto merma gravemente su autoestima. ¿Cuál es la solución? Que los padres cuestionemos nuestras expectativas frente a nuestros hijos, y que les aceptemos cómo son, ayudándoles así a aceptarse y quererse a ellos mismos.
Para ayudar a tus hijos a tener una buena autoestima:
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